Conversando con Apolo: Voluntad, Poder y Responsabilidad

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Autor: Andrés Stuardo Cereceda.

El Oráculo de Delfos o templo del Dios Apolo (Apolo Delfis, VIII a. C.) en su pronaos, tenía inscritos ciento cuarenta y siete preceptos  conocidos como Máximas Pitias.  La más famosa de estas máximas es “Conócete a ti mismo”.  La tradición señala que esta máxima es la respuesta del Dios Apolo a la pregunta ¿Qué es lo mejor para el ser humano?

Estas sentencias constituyen un punto de conexión con la reflexión filosófica primigenia de occidente.  Si bien en sus inicios la mirada fue puesta en el mundo exterior y en la búsqueda de un principio (arkhe) que permitiera comprender el origen de las cosas, prontamente o quizás en paralelo, la reflexión sobre la sociedad y el ser humano se hizo central en la filosofía griega.

Los griegos profesaban una triple identidad entre el cosmos (kosmos), la polis (polis) y el alma (psykhe), o más bien dicho, la polis y el alma debían ser un reflejo del cosmos, un reflejo del orden universal.  Esta concepción de armonía con el universo devino en la construcción de la Política y la Ética, y suponía que el orden de las cosas físicas era el mismo de las cosas del alma, o al menos, que en las cosas del alma había un orden, reflejo del cosmos, digno de auscultar, descubrir y cultivar.

Qué es lo mejor para la persona, es también para nosotros, personas del siglo XXI, una pregunta que podríamos llamar arquitectónica, en el sentido que a esta expresión otorgara Aristóteles, es decir una pregunta principalísima y máximamente articuladora.

La exhortación que el oráculo de Delfos hace a lo/as humano/as de conocerse a sí mismo/as, da cuenta de la conciencia de la ignorancia sobre la naturaleza humana y al mismo tiempo sobre la amplitud y complejidad de ella.  Pero también da cuenta de la necesidad de encontrar en sí mismo/a un punto de inicio para la organización de la vida y del buen vivir y de este modo parece decirnos que sólo buscando allí lograremos la alineación con la polis y el cosmos. Es decir, no sólo se trataría de un punto de partida, sino más bien de un punto de partida ineludible y entonces también necesario. Una autodeterminación de armonización con el universo que armoniza con la ciudad.

Qué es lo mejor para el/la ser humano/a, es algo no dado, no resuelto, sino más bien un lugar ignoto que reclama un trabajo, un ejercicio orientado a hacerse consciente de algo, no digamos de sus limitaciones y potencialidades, sino de algo que desconoce y que le hace trabajar en una certeza que debe identificar.  Sin embargo la identificación de esa certeza se implementa desde las certezas ya existentes y por ende hace suponer que la nueva certeza sólo será una nueva dimensión de las mismas ya disponibles, lo cual asienta la presunción que nada nuevo se agregará a aquello preexistente y que sirvió de herramienta de búsqueda y comprensión.

Sin embargo, de algún modo, aquel que vuelca su mirada hacia sí mismo descubre a otro, a otra; otro, otra que es también el mismo y misma pero que ignoraba respecto a su bagaje. Otro, otra, que pareciera incluso, a veces, ser más determinante que el mismo(a.  Yo Mismo/a, pareciera ser lo que alcanzo a ver desde la comodidad de mí mismo/a; Yo Otro/a, pareciera ser lo que logro ver desde cierto esfuerzo de mí mismo/a al someterlo a un nuevo ámbito de relaciones posibles, y lo que finalmente veo es un “mismotro”, una “mismaotra”, que a su vez determinará ver desde la comodidad o desde el esfuerzo.

Comprendo y aprehendo desde ciertos mecanismos y certezas establecidos allí, en mí, que es un mismotro, o una mismaotra; los tengo desde antes, vengo con ellos, con ellas, los he aprendido e incorporado en sucesivos ejercicios conscientes e inconscientes, y determinan cómo comprendo y cómo aprehendo el mundo, pero además el cómo comprendo y cómo aprehendo también definen el cómo me relaciono, lo que incluye la relación que establezco conmigo mismo/a, la que establezco con los otros y otras , con las instituciones, con los animales, con la naturaleza, con el universo, con las palabras, con los gestos, las emociones y la multivariedad óntica  que en mi relacionar constituyen el mundo.  Entonces mi relacionar es un relacionar constituyente, y por ende es un relacionar creador que alberga un poder de creación, un poder de creación que reside finalmente en la voluntad, no en la voluntad general sino en la mía propia, en aquella intimidad del existir mío, no de cualquier existir.

Cómo me relaciono, al menos nos conduce, en principio, a dos ámbitos.  Al primero lo nombraremos fenomenológico, al segundo epistemológico. El primero es una relación de constatar y el segundo una relación de preguntar. Ambos dinamizan lo relacional en que deviene el conocer y articulan la creación del mundo desde el ejercicio volitivo que define las formas de relación y es, en este sentido, ontológico. La dación de ser importa entonces también una determinación ética, estética, afectiva y emotiva, es un poder constituyente que confiere atributos al modo de relacionarme con otro/a y me confiere atributos para que otro/as se estructuren relacionalmente conmigo. Me expongo desde mis determinaciones íntimas, me doy al mundo desde la configuración de mis daciones.

Qué es mejor para la persona es una decisión fraguada en lo íntimo relacional volitivo y simultáneamente constituyente, creadora, de lo relacional público, que expresa aquellas determinaciones íntimas que pongo en el contexto con los otros.  Determino por ejemplo cómo resolver un conflicto o determino no tener conflictos y ejerzo un poder, nuevamente de algún modo, para relacionarme según mi determinación, según mi voluntad, que indudablemente puede ser también la decisión del otro u otra y la voluntad de la otra u otro, pues conocerme a mí mismo/a es explorar de manera intencionada un conjunto de relaciones posibles que me sitúan en el mundo.

 

Andrés Stuardo es profesor de Filosofía y Licenciado en Educación por la U. de Concepción, universidad de la cual fue Presidente de la Federación de Estudiantes el año 1989. Titulado además de Agrónomo, y siguiendo su vocación social, trabaja en distintas ONGs de desarrollo social. A finales de los 90 funda Nat Chile, compañía orientada al desarrollo rural e innovación. Cursa posgrados en la UAHC y en la U. Católica de Temuco. Ha sido colaborador del Departamento de Recursos Naturales de la U.de Chile. En 2015 trabaja apoyando a productores mapuches de la VIII y IX región, experiencia que le permite conocer con profundidad la cultura y espiritualidad mapuche. Amigo de la escritura, la lectura de los fenómenos sociales y la acción solidaria, Andrés Stuardo es un referente sólido para la comprensión de la ética del convivir humano

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