Dias de Cuarentena: agua, papas fritas y calcetines.

0
111
Por Robert Yantén

Robert Yantén es Fotógrafo, y Profesor de Filosofía con Licenciatura en Educación por la Universidad de Concepción. Sus escritos y obra fotográfica han sido publicados en «Santa María, imágenes y palabras reveladas» (2007), «Iquique en 100 palabras» (2015 y 2016), «Antología de Poesía Chilena» (2018), entre otras; además de ser seleccionado 2020 por Litmu Producciones para formar parte de la Agenda de Poesía y Estallido. Su última producción, ”Presencia de Soles o el amarillo de los abandonados”, álbum poético fotográfico inspirado en la su incursión en la vida de los obreros salitreros, fue publicada recientemente por Lectura Universal (abril 2020). En “Días de Cuarentena: agua, papas fritas y calcetines”, Robert nos revela una faceta anecdotaria que, desde el humor y la prosa de la cotideaneidad, busca invitarnos a una vivencia afable y llevadera de este tiempo de cuarentena.

De cómo nimias acciones llevan a lugares insospechados.

Hace más de un mes me las di de gásfiter; en el lavadero de la cocina caía el agua muy lentamente, pensé que estaba un poco tapada la cañería por los restos de comida, así que tomé un destornillador y en el centro de esa circunsferencia (no sé el nombre técnico) aflojé el tornillo, saqué con un alambre los restos, residuos orgánicos con olor a mal pasar, y comencé mi tarea de limpieza y reparación…Todo iba según lo planeado. Y llegó el momento de armar lo desarmado; puse una pequeña gomita arriba, y otra que estaba por debajo, la ubiqué en el centro centro, atornillé, y como que el tornillo pasaba un poco en banda, pero al final logré que quedara más apretado que como estaba antes de mi intervención; fue fácil y sencillo, ya estaba titulado de gásfiter, solo hubo que esforzarse un poco, y ready! …Entonces abrí la llave como quién va a mostrar al mundo una obra maestra, y… horror! Fue terrible mi sorpresa! ( «EN ESE MOMENTO CELL SINTIÓ EL VERDADERO TERROR»); el agua caía como si se tratara de un torrente, traté de enfrentar con calma ese momento,…no problem, es un pequeño percance que ya solucionaré: le puse teflón al primer tornillo, le puse más teflón, le puse hilo, en otras etapas más avanzadas cambié el tornillo, luego volví al original, puse una tuerca, puse una tuerca de goma eva, recorté un plástico redondo, busqué y no encontré pegamentos en la caja de herramientas, estuve de las 11 de la mañana hasta las 18 horas tratando de arreglarlo,.. Al comienzo de mi hazaña, mi amor me vio en faena y me dijo: eso no se hace en cuarentena, puede quedar mal y no tendremos a quién acudir en ese caso; a lo que yo respondí, canchero: pero si es llegar y poner el tornillo, y si me cuesta algo estaré todo el día, hasta que se solucione… Después rogaba a mi ángel alguna ayuda, debe haber estado riéndose, los ángeles no son asesores de pseudo gásfiteres, o como se diga; me llegó la desesperación, vi videos, de mexicanos, de españoles…y nada me sirvió. Dije para mí mismo, y para arreglarla en mi conciencia, que al otro día lo haría. Al final, yo solito me encaminé a mi destino: Soy el lavador oficial de loza en esta casa, no hay plato ni olla, ni cuchillo, ni sartén, ni taza que no pase por mis manos; eso sí pongo música mientras estoy en mi importante labor en esta cuarentena infinita, Manuel García me acompaña entre lavazas y espumas, lástima que no tiene ninguna canción para este humilde lavandero de loza en la tina. Por eso dicen que el infierno está lleno de buenas intenciones. A partir de ese incidente, en la casa me dicen el Manitos de Hacha; también me gané el título de Manitos de Hacha modalidad on line, pero esa es otra historia.

Las papas fritas, el queque de zanahoria y el poeta John Ashbery.

Ayer mi amor hizo papas fritas y queque de zanahoria,

y yo no leí a John Ashbery.

Mi amor mezcló huevos, mantequilla, harina, sal, azúcar

y polvos de hornear.

Mi amor peló papas y las cortó estilo papas Lays, redondas

y surcadas.

Y tampoco leí a John Ashbery.

Buscaba un libro de literatura

que analizaba del motivo del protagonista, el viaje del héroe:

a los infiernos, al interior de uno mismo, o al iniciático;

revisé bibliotecas piratas de internet, pregunté a mi hermano

por la red, páginas web me prometían algún libro parecido, pero

me pedían sin compromiso registrarme, ya!!!. No caí en esa,

y seguí buscando, entre medio leí a Deleuze, bajé un manual

de Navokov de la literatura europea, mi obsesión por encontrar

ese libro me tenía atrapado en la pantalla.

Mientras mi amor freía papas y horneaba su maravilloso

queque de zanahoria, mi hombro y mis ojos ya no daban más,

buscaba en mi memoria al autor que leí años atrás,

seguí, vi un poco la película en blanco y negro El Faro,

revisé documentales ecológicos de Ladera Sur,

leí la triste historia de un escritor sin reconocimiento en vida,

Herman Melville,

Y salió el queque maravilloso: caliente lo probé;

exquisito, como tenía que ser sabor a zanahoria.

De las papas no supe nada,

fueron abducidas por una gatita que preguntaba

cada dos minutos cuándo estarían listas.

La cocinera se cansó y las últimas papas y el último

queque se fue a negro, se quemó.

En la mañana de hoy fui a picar el queque de zanahoria,

que quemado no estaba tan malo, y ….

Horror!! unos papeles blancos cubrían el queque,

No me urgí, era solo una hoja de esas

que se cogen del montón de papeles para reciclado,

giré, y vi:

Los poemas de John Ashbery que tanto me costó

encontrar eran ahora un tapiz del papel absorbente,

relevos de toalla nova, manchados con aceite en la basura

haciéndole compañía a las papas fritas y al queque de zanahoria,

Como un mar de aceite las hojas quedaron marcadas,

y los poemas sirvieron para acoger,

contener, absorber,

ser el muro para el LDL, colesterol malo del cual un poeta nos vino a salvar.

Y así fue que finalmente leí a John Ashbery y sus últimos versos abrazados en aceite, comiendo el rico queque que preparó mi amada.

La búsqueda infructuosa de la otra mitad

Antes de la pandemia leí por ahí, que se había resuelto el enigma de los calcetines perdidos; la lavadora se los tragaba!!! Aquel inocente aparato que ocupamos para sacar la suciedad de nuestras ropas, sábanas, cortinas, arpilleras y sedas transparentes del oriente… La lavadora, aquella a la que confiamos la eficiencia de la limpieza había sido hallada culpable de esconder en su interior calcetines ; ni siquiera algún pañuelo u otra prenda pequeña, si no calcetines, los extraviados por excelencia y que tanta desesperación despiertan en nuestro sentimiento de pérdida. Al preguntar a dicho aparato, ésta se excusó arguyendo que es que estaba mal armada, que la culpa era de los fabricantes. Pensé que eso era solo una parte de la verdad, que existía algún mecanismo mágico de la realidad que permitía que los calcetines se fueran perdiendo y desapareciendo con cada lavado, y que también, por otro mecanismo los calcetines fueran apareciendo, quizás algún portal en el tiesto de la ropa sucia o en los zapatos, algo como ese misterio de los zapatos que de niño dejaba ordenados debajo de la cama en la noche y luego aparecían desordenados y más cerca de la pared (nunca resolví tal enigma). Quizás el amor entre los calcetines era tal que en algún momento peleaban y se enojaban, y partían a un lugar secreto en la casa para luego a fuerza del amor que no resiste distancias, reaparecer en busca de su mitad amada… Hoy me di a la osada misión de ordenar y buscar las parejas perdidas de los calcetines, tratando por supuesto, – utopía de por medio-, de no dejar calcetines guachos. Me di cuenta que los calcetines separados, al momento del reencuentro no son ya dos iguales, que hasta cuesta identificarlos, que han cambiado de color, hay uno más oscuro que el otro, otros han cambiado de tamaño y textura, uno es más grande y arrugado que su par, aquel más sucio que éste su deudo que luce más joven y lozano … me imagino su diálogo al encontrarse: pero eres tú?, estás más claro y más largo , y tú más oscuro y pequeño;… Puedo especular que a un calcetín lo lavaron más que a otro, y el otro esperó sin ser lavado, sucio y perdido en algún escondrijo de la casa, o que el sol la agarró más fuerte con uno que con el otro que literalmente estuvo tendido a la sombra… Para mí es que al alejarse, fueron perdiendo la memoria del otro, y fueron creándose independientes con sus propias ideas y sus nuevas historias; también es posible que sean invitados a vivir otro mundo, a ser superhéroes como Rombosman de 31 Minutos, a ser libres del otro calcetín, tal es que no son amantes, tal es que son hermanos, o padre e hijo, o madre e hija, o amigos o ex compañero,… que luego tomaron rumbo propio y crearon su propio sueño. La cuestión de hermanar, como llama mi madre a esta noble tarea de emparejar calcetines, es difícil, siempre quedan más calcetines guachos que pares, y cada cierto tiempo hay que ir comprando nuevos calcetines, y comprar ojalá calcetines con dibujos y de diferentes colores porque por ejemplo, los grises agarran muchas tonalidades y cuesta reconocerlos como pares… Al fin, yo he tomado otra decisión, no me importará si uno es más claro o más oscuro, o más largo, o de cualquier aspecto diferente; usaré calcetines de distinto color, y les daré nueva vida. Hay algo misterioso en todo esto, y además mágico, y es que al emparejar o unir los calcetines desaparecidos y luego reencontrarlos con sus diferencias, me siento bien, no solo porque podré usarlos nuevamente, sino porque de algún modo pude saber que en otros espacios, también se pueden estar uniendo personas y tal vez ideas, o cosas que estuvieron alejadas… Así , el llamado es a buscar, unir, emparejar, traer lo perdido y amarlo nuevamente como si no hubiera pasado tiempo ; los desteñidos y los coloridos a mirarse nuevamente, los antiguos y los nuevos hablando otra vez. A unir calcetines se ha dicho!!

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here