El amor siempre vuelve a empezar

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PSICOLOGÍA INFANTO JUVENIL

Por Gisela Torres Hurtado

Fotografía, Luis Loyola

Escribir sobre maternidad, no es una cosa diferente a escribir desde la maternidad. De un modo o de otro, y con indiferencia incluso a la facticidad de “ser madre” de un hijo o hija, la Maternidad es algo que nos constituye desde el embrionario instante de tiempo en que comenzamos a ser en el interior de otro ser. Y esto también en lo simbólico; el apelativo Madre, nos remite a múltiples variantes de aquello que nos constituye como origen, principio, o fuente.

Pensemos que madre es apelativo de la Tierra, la Patria, la Vida. Y aunque bien estos constitutivos culturales asemejan en su carácter al simbólico Padre, Madre es un distintivo cuyas bondades (culturalmente inscritas) elongan desde sí, consecuencias e impactos diferentes. Impactos y consecuencias, efectos o beneficios, sabores y sinsabores, responsabilidades y culpas, y el delgado o fuerte hilo que se corta o tensa según cómo sea que se disfrute esta experiencia genérica y a la vez inefable, de ser mamá.

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Y es que a la experiencia de la maternidad le advienen sensaciones, emociones y mandatos; preceptos e imperativos, dotes y curas; curas que como todas las propias a la naturaleza psíquica, gozan de manía y depresión, o de alegrías y penas, que bueno sería depurar de las malas cargas que ciertos controles sociales apuran a sobreponerles.

Uno de los grandes enemigos del ejercicio feliz de la maternidad, es, en estos tiempos, el mandato que se pasea por entre las emociones y el pensamiento de las mamás, y que les recusa o acusa, en más o en menos: “hay que tener tiempo para los hijos”. Ya el sólo leer la expresión recién apuntada, genera sensaciones y pensamientos investidos de emocionalidad diligente a favor de tal principio :…”Obvio que con los hijos hay que estar”, “¿quién cuestionaría el valor de la presencia?” Pero, por otro, advienen los pensamientos y emociones que el mismo mandato despierta en la otra vereda por la que se transita en paralelo y que está medio copada de “tantas cosas por hacer”, vereda que, en definitiva, impele, se quiera o no, a preguntarse, ”¿cómo lo hago para que el tiempo entregado a mis hijos sea el suficiente?”

La mítica pugna entre cuánto y cómo, entre cantidad y calidad de tiempo, se batió como en duelo y ya hace tiempo que la Psicología le otorgó crédito al cualis. Sin embargo, esto no es una verdad o consenso claro; hay cantidades que sólo acumulan y cualidades que no alcanzan. Cinco minutos no son una hora, ni una semana es garantía de encuentro. ¿Puebla más una caricia que una larga convivencia o puede más el consejo a deshora que la hora sin vincularse desde los afectos? En la cotidiana ventura de la maternidad (y en este punto, asimismo de la paternidad), nuestros sentimientos y evaluaciones, buscan calibrarse, y cuando asomamos al espejo de aquello hondo que en el corazón nos mueve todos los suelos, el ser una “buena madre” (“un buen padre”) no es indiferente a esta lógica de la cuantía y el uso del tiempo.

En el caso de las madres, el imperio de esta lógica goza de una fuerza un tanto más avasalladora. Madre, “hay una sola”, dice el adagio popular; de modo que, y a cuenta de esta virtuosidad o don de supremacía, el momento de las evaluaciones supondrá varas más altas para autojuzgarse; el si lo “hacemos bien o mal” como madres, pasará revista al otro gran mandato llamado Tiempo, y desde ahí, las cosas nobles llamadas afectos, sentimientos y tomas de conciencia, se tinturarán con las luces y las sombras de, al menos, estos dos preceptos que, en el común de las veces, alientan desafío y estrés aparejados.

Es simple. Queremos hacerlo bien. Si son las 18.30 de la tarde y se llega a casa de vuelta del trabajo, junto al cansancio propio de la jornada laboral, adviene un estrés que va más allá de lo doméstico y que se juega en la voluntad de “dedicarse” a los hijos; es muchas veces, este el único tiempo para encontrarse, para jugar y ser cómplices testigos de ese amor que goza, sobre cualquier otro, de la certeza de la eternidad.

Pero he ahí que concursan no sólo los afectos, sino también, las angustias, los cansancios, los sentimientos de culpa (tan diligentes como son, tan inquisidores como pueden); y entonces, es frecuente, sentir, pensar, decirse a sí misma, cosas como esta: “todo el día trabajando, ¿estará bien esto?”, “soy responsable de esta carencia o de tal otra que tiene a mi hija o hijo, embotado en el computador o desinteresado en lo afectivo, o mal en los estudios”, o bien, cualquier pensamiento parecido con el cual una madre que lee este artículo se puede identificar.

Lo importante es lo que a cada madre le pasa con los “comentarios” que se hace a sí misma. Existen estudios que demuestran que este tipo de pensamientos no es privativo de madres que trabajan. En definitiva, quienes han optado por “dedicar más tiempo” a sus hijos, no necesariamente, están en mejores condiciones para una vinculación realmente positiva con ellos que se traduzca en mejora de autoestima, autonomía o “éxito” en cualquiera de sus versiones. Lo que no viene a afirmar que esta opción no sea valiosa por sí misma.

La conclusión también es sencilla. Desde la culpa, y con sentido de responsabilidad incluso, una madre puede convenir ante sí misma, que, “debe dedicarle más tiempo a su hijo”. En esto concursará un juicio de realidad, un análisis más bien objetivo (el hijo o hija está mal, triste, ha cambiado su comportamiento, etc); hasta aquí vamos bien. Si efectivamente hay carencias, dolores infantiles no superados, conflictos internos que requieren de presencia acogedora y vinculante; entonces, decidir dedicar más tiempo pareciera tener sentido (se necesita tiempo para reparar).

Pero la sutileza es otra.
El punto de inflexión aquí es la asociación mental que hacemos: «necesitamos tiempo juntos, entonces vamos a pasar más tiempos juntos». Hasta aquí no se ha hecho ningún cuestionamiento respecto a cómo estamos para disfrutar ese tiempo; bien podemos decidir dedicar «el poco tiempo que tenemos» de la mejor forma; «de lo poco bueno» como menta el dicho. Pero ello no necesariamente garantiza buen uso del tiempo. Existe una antesala a tal decisión; veremos en qué consiste.

La decisión realmente afortunada, pasará primero por otro análisis. ¿Cómo es el vínculo durante el tiempo que he dedicado hasta ahora? Si simplemente damos el salto a un aumento cronológico, asumiendo que ello, de por sí, generará el espacio requerido para la atención merecida, podemos caer en una pronta decepción y desconcierto. De la culpa por «no estar», muchas madres pasan a la la «frustración que supone el estar» y que trae (supuestamente de la mano), postergación de otras necesidades y desplazamiento de las culpas, ahora depositadas en ese hijo o hija por el cual se «se está haciendo un sacrificio». En sí, el mucho tiempo o el poco y «de calidad», no garantizan buen uso de tiempo. Porque ni las horas ni la calidad del afecto se deciden de modo asertivo sin pasar primero por un fondo que condiciona su buen provecho. Así, no es la condición lo que garantiza el vínculo, si no el vínculo el que ilumina y ordena las condiciones.

Esto pudiese parecer claro respecto del mucho tiempo, pero difuso respecto del poco tiempo de buena calidad. Lo que estamos sosteniendo es que ni el uno ni el otro son el primer paso; el entusiasmo y la motivación acompañarán a una u otro decisión; pero ni el entusiasmo ni la motivación son factores independientes y el que perduren dependerán, en este caso, de cuán integrados y sólidos estemos respecto a nuestras propias necesidades (incluidas la de filiación parental).
¿Cómo nos conectamos con eso, cómo lo trabajamos previo a decidir qué es lo mejor que «yo» puedo hacer respecto al tiempo que dedico a mis hijos? Una vía de conexión importante es el análisis dialogante, examinar qué me dicen a mí ciertas sentencias a las que he ido concediendo lugar sin siquiera darme cuenta.

Si hasta ahora no he sabido lidiar con los dolores de mi hijo, tal vez no es por falta de tiempo, también puede estar concursando en ello una inhabilidad que la misma sentencia bondadosa de “madre hay una sola”, promueve; inhabilidad que, por otro lado, el mandato “dedica más tiempo” refuerza, debilitando ese fondo más íntimo del corazón, desde donde, pese a cualquier distancia o mal quehacer, las madres (y los padres), amamos y sólo amamos a nuestros hijos. La culpa que los mandatos sociales, o introyectos personales derivados de aquel, enraízan en nuestras fuerzas, pueden debilitar nuestra gran fortaleza; más allá de cualquier error, un hijo, una hija, es mi gran amor..

Es importante conectarse con el afecto; y sospechar a la vez de la dificultad o subvaloración que puede merecernos tal conectarse.

La invitación es pues a un buen vivir el tiempo; desde un buen vivir el enjuiciado que hagamos sobre nosotros. La pugna no es la tradicional entre cuantía y calidad; para decidir pasar “más tiempo” con mi hijo o hija, y para que ese tiempo sea realmente provechoso, sano, rico, primero me debo vincular conmigo mismo. No con el mandato que presiona o culpabiliza, si no con lo que hay en mi corazón, en mis afectos. Por más dañada o distanciada que sea una relación con un hijo o hija, si voy al corazón (que seguramente está herido si concluyo que no he sido buena madre o buen padre), voy a ir al lugar donde, y sólo donde, está la sanidad. La herida no es sino un testigo doliente de lo que no somos y no queremos.

NO ES POR ENTUSIASMO QUE SE REPARA LO VINCULAR; NO ES DESDE LA EMOCIONALIDAD, SINO DESDE LOS AFECTOS.

Y si de mandatos se trata, de “verdades” comandos que orienten la maternidad (la paternidad), bien nos hará reciclarnos al modo de los hijos; mandatos hay mejores que los que presionan y atormentan (abierta u ocultamente). Y a este respecto, sugerimos uno, uno tan solo del cual podemos dar cuenta desde ese recodo llamado clínica y desde este otro franqueado como vida plena, que libera.

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Algo como eso, dicta este mandato, y no tiene limitaciones para aplicarse bajo cualquier contexto: el amor siempre vuelve a empezar. No importa cuánto o cómo te hayas equivocado en la entrega a tus hijos; tú contigo misma enfrentarás con afán de sanidad, y serenamente, ese dolor; se puede. No importa cuánto o cómo has fallado, el hábito se puede romper ahora; introduce una sola nueva rutina. Esto sólo tiene impacto si se ejercita. Si no vives con tus hijos y te habituaste a no llamarlos, llámalo; el amor siempre vuelve a empezar. Si sientes que ya pasó mucho tiempo y se instaló una relación de no confianza, anda y dile simplemente a tu hijo o hija: cuenta siempre conmigo. El amor siempre empieza de nuevo.

Si llegas cansada o cansado del trabajo y estás muy agobiado por problemas económicos (si eres de la media de un país llamado Chile), aliviarás un poco tu agobio, si miras un segundo al lado, donde duerme tu hijo o hija, y simplemente le das un beso. El amor renueva y libera, el amor tiene un poder que no limita ni presiona, si no que sana. «El amor siempre vuelve a empezar» es, si queremos, un nuevo mandato, pero más allá de ello, es una herramienta efectiva de autoconocimiento y autocuidado; sólo porque el amor vuelve a empezar (pese a todo), me puedo perdonar y acudir a la cita del amor con mi hijo, con mi hija (y con cualquiera); ya no desde la sola conciencia de error o la culpa, si no desde la alegría del afecto que ha resistido, y también, desde el perdón a sí mismo que suele traer añadido .

En el día de las madres, de los padres, en el día que es todos los días, y como un pequeño homenaje a las madres y padres que nos leen: el amor siempre vuelve a empezar.

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