Esquizofrenia: cuando el miedo gobierna la condición humana

2
155

DERECHOS Y CIUDADANÍA

Por Miriam Ormeño Carrión, Psicóloga Clínica, destacada especialista en materia de Esquizofrenia y consumo en Chile.

En el transitar permanente de los espacios clínicos, me topo de manera constante con la oración, -y digo oración, porque esta palabra se conjuga como un verbo- “ellos son esquizofrénicos”, forma de expresión que cala hondo en mi sentir y me hace reflexionar sobre el cómo definimos o etiquetamos a las personas que nos solicitan ayuda para mejorar su calidad de vida en salud mental.

Es importante señalar, que el concepto esquizofrénico como constructo, es una creación que engloba y naturaliza una condición que alude a un conjunto de síntomas que afectan a una persona que sufre, mas esa persona que sufre es más que ese diagnóstico, pues porta un nombre, una historia y emociones que le dan su condición de ser humano.

El nominar a un ser humano como esquizofrénico, es una costumbre que irrumpe de manera agresiva en el lenguaje cotidiano del imaginario social, transformándose en un concepto que va tomando vida propia, gracias a las representaciones del género de reportaje y denuncia que nos ofrecen los medios de comunicación, ya que estos nos presentan imágenes dicotómicas de la sintomatología muchas veces descompensada de la enfermedad. Así por un lado, nos encontramos con “pseudos mesías o iluminados” cuando las personas responden a sus delirios místicos religiosos, o con “casi endemoniados o maléficos” cuando los fenómenos productivos alucinatorios los han hecho presa fácil de sus miedos, respondiendo así de manera violenta a sus propios temores y no a las personas como nos han hecho creer los titulares de la crónica roja, por medio de la televisión o la prensa escrita. Es de extrañar, que aún en estos tiempos, se nos siga presentando “la figura del esquizofrénico”, tal como se hacía durante la edad media en Europa, donde se concebía la locura como un castigo divino ante el pecado, tal como se evidencia en el Malleus Malificaron, el famoso “Martillo de Brujas”, en donde el trato hacia las personas con trastornos mentales, era la tortura y la muerte.

Esquizo destacado portada

La historia de la psicopatología no queda ajena a lo antes señalado, pues al revisarla nos muestra la crueldad justificada por la ciencia, para alcanzar la comprensión de la sintomatología y poder así generar la construcción de un diagnóstico para la enfermedad. Lo anterior, se sostiene en la figura de la lobotomía o frenología, técnica ambulatoria creada por Fulton y practicada por Moris y Freeman, en donde se introducía un cincel a través de la órbita ocular o nariz, para cercenar las fibras nerviosas del lóbulo frontal, sin siquiera aplicar anestesia y pensar en las consecuencias negativas que esta intervención tenía para las personas intervenidas. Esta técnica se comenzó a aplicar hace no más de 86 años atrás. Con diez años menos, surge el Electrochoque (ECT), instrumento creado por Ugo Cerletti que instala la terapia electroconvulsiva en psiquiatría, método en el cual se pasa electricidad a través del cerebro con una intensidad de 70 a 400 voltios y un amperaje de 200 miliamperios a 1,600 miliamperios, llegando a ser tan invasivo que puede generar efectos iatrogénicos en la persona, como pérdida de memoria, atrofia cortical, fibrosis y crecimiento de tejido anormal; lesiones a la piel, huesos y dientes, como también edema y hemorragias cerebrales, desde la mirada de Lawrence Stevens (2003). En 1950 aparece la Clorpromazina, que fue la primera droga dada a un paciente psicótico en Francia (Delay y Deniker, 1952) dando comienzo así a la historia de los antipsicóticos o drogas neurolépticas. Sin embargo, con el tiempo, los efectos adversos de las medicaciones neurolépticas comenzaron a ser un problema mayor. Por ejemplo, la mayoría de los pacientes se quejaba de parkinsonismo iatrogénico, distonía, pensamiento enlentecido, afecto aplanado, acatisia, diskinesia tardía. Estos efectos colaterales fueron incómodos para los pacientes que tomaban neurolépticos y, en muchos casos, condujo a una pobre adherencia al tratamiento. El Dr. Lars Matersson, MD, en un extracto sobre el Compromiso y Derechos Civiles de los Enfermos Mentales, sacado de las actas de la Federación Mundial de Salud Mental de la Conferencia de Copenhague en 1984, declara que “a los fármacos neurolépticos se les da el crédito principal de la revolución moderna en psiquiatría. Se cree generalmente que han ayudado mucho a las víctimas de la esquizofrenia. Pero en realidad no han ayudado, sino inmensamente perjudicado a toda la gente con este diagnóstico. Ellos han generado un daño de dos maneras: en primer lugar, han causado un daño directo al cerebro y las funciones mentales, y en segundo lugar, están atados juntos con vistas falsas y aborrecibles de los problemas humanos y los seres humanos. Las drogas han promovido una definición falsa de la esquizofrenia como un problema médico, con una solución médica. Nos han impedido tomar nuestra responsabilidad. Como consecuencia, las personas con esquizofrenia han sido abandonadas. Esa es la verdadera causa de su tragedia. Si no hubieran sido abandonadas, la mayoría de estos jóvenes a menudo dotados, habrían podido como el resto de nosotros, realizar muchas de las promesas y posibilidades de sus vidas”. Estas palabras de una eminencia de la psiquiatría, nos dan a entender que los neurolépticos disminuyen las potencialidades de las personas que sufren trastornos psiquiátricos al impactar en sus procesos cognitivos, llevándolos inclusive a la muerte psíquica, puesto que los neurolépticos actúan para interrumpir y entorpecer la actividad frontal-límbica del cerebro, que da origen al pensamiento y a las emociones. Careciendo este tratamiento tanto como la lobotomía de algún efecto específico antipsicótico, pues paradójicamente van generando opresión, obstaculización y devastación en las funciones cerebrales del ser humano y por ende, afectando sus emociones.

Todo lo anterior, radica en que la ciencia se ha centrado tan sólo en la figura del esquizofrénico y la sintomatología asociada, para lograr la construcción de un cuadro clínico, que debe responder a la gran industria psicofarmacológica, y no ha canalizado su atención en las reales necesidades de la persona que tiene este diagnóstico. Esto nos lleva inevitablemente a preguntarnos ¿cómo podemos comprender la esquizofrenia desde una mirada que salga del modelo biomédico?, la repuesta es simple, aunque compleja para llevarla a la práctica, pues requiere que cada terapeuta en su rol, logre mirarse y despojarse de las preconcepciones clínicas, dejando de lado el diagnóstico de la enfermedad, para lo cual debe utilizar unos lentes distintos, que le permitan descubrir a la persona que hay detrás, matando simbólicamente la figura del esquizofrénico, para comprender al ser humano que sufre una condición llamada esquizofrenia.

Pero, ¿qué es esta condición? ¿qué significa esta construcción? La palabra en sí misma, significa mente dividida, las personas sufren una división de su yo, una alteración en la configuración de su identidad, generando una desconexión emocional, un aplanamiento afectivo, una falla en el proceso relacional de las emociones y la salud mental, que la ciencia no se ha preocupado por reparar o resignificar. Daniel Goleman, señala que una mirada de la naturaleza humana que no haya cuidado el poder de las emociones en la vida de las personas es una mirada sesgada, una mirada parcial de lo que significa el ser humano en su integralidad. Comprender esta simple, pero compleja cita es comprender la falencia en el abordaje de la esquizofrenia como diagnóstico, pues ha sido construido desde un ojo incompleto que aporta lo cognitivo, lo racional y lo biológico, dejando a un lado lo emocional, psicológico, social, espiritual y cultural. Si bien, no podemos desconocer la existencia de la inteligencia cognitiva y el gran potencial que nos ofrece, no podemos no mirar la inteligencia emocional, pues es preciso que ambas inteligencias coexistan de manera adecuada, para lograr el equilibrio en todo ser humano. Es ineludible el aporte de la inteligencia emocional para el desarrollo de cualidades que nos ayudan a convertirnos en genuinos seres humanos. El mismo Gardner señala que la inteligencia, en sí misma es un abanico que ofrece siete habilidades diferenciadas, donde se manifiesta toda la potencialidad para la interacción entre los seres humanos, destacando la inteligencia personal, de donde deriva la inteligencia interpersonal, que permite comprender a los demás, y la intrapersonal, que permite configurar una imagen fiel y verdadera de uno mismo. La persona que tiene esquizofrenia, no puede reconocer sus propias emociones, ni por ende, controlar estas mismas, generando una baja motivación y un pobre autoconcepto, lo que implica tener que lidiar con una gran dificultad para reconocer emociones ajenas y controlar las relaciones con otros, otros que al ver estas dificultades desde una mirada sesgada, no reconocen a la persona, sino a un diagnóstico y a una caricatura fría denominada esquizofrénico, fragmentando cada vez más la identidad y escisión del yo de la persona que sufre. Para la sociedad, el carecer de habilidades emocionales significa un impedimento, un estigma que se traduce en ser menos humanos, menos inteligentes, no merecedores de derechos básicos, como si quien sufriera esta enfermedad, debiera situarse en el margen de la sociedad, en la exclusión misma.

El tener esta dificultad en las habilidades emocionales, implica que las personas se perciban de manera irreal como menos humanas, al estar privadas para poder desplegar otras habilidades que suelen asociarse al intelecto, como la toma de decisiones y la resolución de problemas. El propio Gardner ha dicho que en la vida cotidiana no existe nada más importante que la inteligencia intrapersonal, ya que a falta de ella, no acertaremos en la elección que debemos realizar en las diferentes áreas de nuestra vida. Las personas que sufren de esquizofrenia han generado una escisión entre la mente que piensa y la mente que siente. Estas constituyen dos facultades que si bien son relativamente independientes y reflejan el funcionamiento de circuitos cerebrales diferentes, se interrelacionan. De hecho, el intelecto no puede funcionar adecuadamente sin el curso adecuado de la inteligencia emocional, y la adecuada complementación entre el sistema límbico y el neocórtex, exige la participación armónica de ambas. En la esquizofrenia, la relación de estas dos mentes presenta una inadecuada coordinación, impidiendo que los sentimientos condicionen y enriquezcan los pensamientos y viceversa, esto debido a que la carga emocional de un estímulo despierta las pasiones de la persona, activando a nivel neuronal un sistema de reacción de emergencia, capaz de confiscar a la mente racional y llevar a la persona a conductas desproporcionadas e indeseables, que se conoce como descompensación.

Esta dificultad que se presenta con la inteligencia emocional, impedirá que la persona pueda dar la dirección adecuada a su impulso emocional, lo que generará una falta de empatía con el dolor y sufrimiento del otro, fallando asimismo en el establecimiento de una interacción social adecuada, al no lograr utilizar con propiedad la asertividad para adecuarse de manera propicia al contexto. Cabe la pregunta sobre ¿cómo podemos lograr un manejo adecuado de la inteligencia emocional en las personas que sufren esquizofrenia, cuando el otro, sabiendo de su dificultad, no es capaz de empatizar con su dolor y sufrimiento, tratándolo más encima como loco, orate y/o alienado mental y social?. Nuestra sociedad con su mirada estigmatizada, promueve de manera permanente la mantención de la escisión emocional de la persona en condición de esquizofrenia. Esta escisión pone como soporte emocional al miedo, es el miedo la emoción predominante y la que más desequilibrio genera. Para comprender el miedo, es preciso pensar en la historia o configuración de la persona que sufre de esquizofrenia. En mi experiencia clínica, he podido constatar una dificultad en las competencias parentales de las figuras significativas que se hicieron cargo de la crianza de la persona, debiendo enfrentar múltiples carencias afectivas, como el rechazo materno o paterno y abandono emocional, potenciando de esta manera el miedo al rechazo de forma constante que se fue incrementando con el tiempo, al tener que enfrentar situaciones emocionales complejas, traumantes, que gatillaron su esquizofrenia como el quiebre matrimonial o ruptura de pareja, como la pérdida de alguien amado, o el nacimiento de un hijo, situaciones que no pudieron sostener emocionalmente, quedando en un estado de inmovilidad, de angustia permanente debido al miedo a sufrir, a ser desplazado, olvidado, presentando una falla en la reciprocidad emocional. Una despersonalización, entendida como una sensación de extrañeza que siente la persona respecto de sí misma, como si no fuera del todo real, sintiéndose lejana, carente de naturalidad, como separada de sí misma, de su propio cuerpo, o de sus procesos mentales y del mundo, producto de una inseguridad ontológica.

Pero ¿qué significa esta inseguridad ontológica?, significa que como seres humanos no logramos poseer el sentido de nuestra presencia en el mundo como un todo real y vivo, en un sentido temporal, como una persona continua, con historicidad. La persona que sufre esquizofrenia, es una persona ontológicamente insegura de sí misma, no podrá resolver sin ayuda las problemáticas de su vida, tanto a nivel social, ético, espiritual y biológico, todo esto desde un sentido centralmente firme de su propia realidad e identidad, así como de las demás personas. Al no poder resolver ni cuestionar su problemática, no podrá liberar su angustia, ni logrará sortear los obstáculos que la vida le presenta debido a su inseguridad. La inseguridad que lo lleva a una falta de vitalidad, de motivación para movilizarse, ya el mismo Kafka nos plantea lo complejo de vivir la vida sin sentir la vitalidad del ser en el mundo, en el sentido del esfuerzo por comunicar lo que se siente al estar vivos, creciendo desde el soporte de la seguridad misma, del vínculo seguro que ofrece el amor de otro, que a uno lo reconoce como tal. Cuando nacemos físicamente y nos sucede la vida o el desarrollo biológico, como niños nos podemos vivenciar de manera existencial como nacidos, en cuanto somos reales y estamos vivos, y no solo los adultos nos ven y nos reconocen como seres visibles, fortaleciendo nuestra identidad, sino que nos podemos experimentar así mismos como personas completas, enteras, pudiendo experimentar nuestro propio ser como real, vivo, como un todo diferenciado del resto del mundo. En la esquizofrenia este proceso se altera, debido a que sufre una angustia que lo posiciona en la inseguridad ontológica, percibiéndose desde la parcialidad, desde la fragmentación, desde la desmotivación, desde la agonía. Esta angustia se puede vivenciar en tres etapas, la primera corresponde al ser tragado, en este proceso la persona pierde de manera significativa la conexión que establece con el mundo y sus seres significativos con el objeto de preservar su propia identidad. La segunda etapa se denomina implosión, y refiere al gran vacío que siente la persona, en donde cualquier contacto con la realidad amenaza con tragarlo, es una amenaza permanente a su identidad, es un choque con la realidad misma transformándose en el vacío absoluto. La tercera etapa es la petrificación y despersonalización, una forma particular de terror, de inmovilidad, es una técnica universalmente empleada como medio de tratar con el otro cuando se vuelve excesivamente insoportable o perturbador. La persona no se permite a sí misma responder a su emoción, a conectarse con lo que le pasa, como si no tuviese sentimientos. El olvidar la propia autonomía se convierte en la manera de resguardarse silenciosamente, quedarse petrificado se convierte en una forma de salvaguardar la vida.

Esquizointerior

Por lo expuesto, cabe la pregunta de ¿cómo intervenir frente a esta complejidad emocional que sufre la persona en condición de esquizofrenia?. El rol del terapeuta debe ser la de un facilitador, que se debe situar desde la horizontalidad con la persona que sufre, empatizando con su dolor y angustia, adecuando de ser necesario la teoría a la persona que tiene en frente y no la persona a la teoría, pues la teoría no es más que conocimiento generado de una construcción en base a experiencias, siendo ajeno muchas veces, cuando lo situamos en lo patológico, al escenario social y a la mirada diversa del multiverso de seres que habitan el espacio clínico, con la esperanza de poder transformar sus vidas. Por ende, cada persona, es única e irrepetible y para legitimarla no podemos totalizarla o generalizarla en su sintomatología, pues esto, no hace que su sufrimiento sea menos doloroso al tener que adecuarse a nuestro sistema de creencias.

Para muchos, el saber es poder y ese poder se transforma en una verdad totalitaria perdiendo de vista al ser humano que tenemos en frente, que está detrás de ese cuadro clínico que lo engloba, por eso , reforzando lo antes señalado, no debemos trabajar sobre un diagnóstico que parcializa e impone pautas sintomatológicas y tratamientos como recetarios tipos, debemos dejar a un lado esa preconcepción, para poder ver al ser humano que sufre y necesita acompañamiento, para que luego de manera conjunta podamos co-construir un modelo de tratamiento que le haga sentido a la persona y le permita, a la vez poder alcanzar la meta que contribuya a mejorar su calidad de vida. En el transcurso del tratamiento, tanto la persona que sufre esta enfermedad emocional, como el terapeuta deben mirarse de manera constante, pues no existen fórmulas de talla única para abordar la esquizofrenia. Como terapeutas no debemos perder   la capacidad de establecer un vínculo, una alianza terapéutica basada en la confianza, en la aceptación del otro como legitimo otro, sin prejuicios, con un amor incondicional que facilite el fluir de la persona para lograr sacarlo de esa angustia ontológica. Debemos pensar que somos seres sociales, que la sociedad estigmatiza y que sus representaciones también nos envuelven en cuanto habitamos el espacio colectivo, por eso es importante desprenderse de las presunciones sobre quien presenta un cuadro clínico, para que ambos puedan embarcarse en un proceso de descubrimiento que les permita conocer a la persona que tiene una condición llamada esquizofrenia y a sí mismos, a través de los ojos de un individuo nuevo. Pues no podemos invitar a otro a despojarse de las ideas fijas y rígidas que lo mantienen en la angustia, si no logramos nosotros desprendernos antes, de las ideas prejuiciadas de lo que la sociedad ha tildado como “esquizofrénico” «loco o alienado”, dejando al ser que sufre en la profundidades del anonimato.

Bibliografía:

Lawrence Stevens, J. D. (2003). El electroconvulsive de Psiquiatría. Un crimen contra la Humanidad. [En red]. Disponible en: www.antipsychiatry.org/spect.htm

Goleman, D. (2005). La inteligencia emocional. (41º. ed.). México: Vergara

Laing, R. D. (1960/1994) El yo dividido. (6ª. ed.). México: Fondo de Cultura Económica.

Lobotomía. Frenología. (2002) [En red.] Disponible en: www.c/g.uchile.cl/semestre2/2001/biología/modulo4/clase3/textolobotomía/htm

Saraceno, B. (2003). La liberación de los pacientes psiquiátricos. (2°. ed.). México: Pax México.

Delay y Deniker (1952) Disponible: http://www.infocop.es/view_article.asp?id=4018

Amor, esperanza y cerebro. Lars Martensson, MD, el cerebro y la mente, esquizofrenia, y neurolépticos (antipsicóticos) medicamentos. http://hem.fyristorg.com/schizofreni/

Miriam Ormeño es Psicóloga Clínica. Actualmente se desempeña como Psicóloga del Programa de Tratamiento y Rehabilitación Para Personas Con Esquizofrenia y Consumo Problemático de Drogas y/o Alcohol, en situación de vulneración de derechos y exclusión social de la Fundación Cerro Navia Joven. 

2 Comentarios

  1. Excelente artículo.
    Lamentablemente vivimos en un mundo y sociedad de mercado, en donde se debe “mantener el negocio”, es fácil diagnosticar, recetar un medicamento o una terapia, sin siquiera tomar en cuenta a la persona, el ser humano, ese que sufre y tiene emociones, alguien que necesita de superación, desarrollo y empoderamiento en todos los ámbitos de su vida.
    Es más fácil distanciar a estas personas, excluirlas que incorporarlas. Por ejemplo, desde el punto de vista legal, se les denomina “locos o dementes”, “incapaces absolutos”, y esto no es algo que haya sucedido hace 10 o 20 años, es ley actual y vigente.
    Claramente vivimos en un mundo que no incluye, sino más bien excluye a los que no son aptos, y como una forma de mantener el negocio lucrativo, es que se sigue experimentando en fármacos y educando a profesionales con miradas de distancia y de segregación hacia sus pacientes, personas que repiten lo que leyeron en un libro, sin siquiera darse el tiempo de hacer un simple ejercicio, y ver al ser humano que tienen en frente, tal vez si lo hicieran, verían también que detrás de esta persona hay toda una familia que sufre.
    Es muy difícil entregar, empatizar, empoderar y ayudar sin mezclar los sentimientos, pero en ello se demuestra al real profesional.
    Tarea que se complica aún más, cuando hoy en día la familia, y valores hacia el ser humano, están absolutamente destruidos.
    En mi vida me he encontrado con pocas personas que plantean una situación tan fuerte como esta, de la forma en que se ha argumentado en este artículo, tal vez contado con los dedos.
    Muy difícil tarea la que enfrentan día a día, desde ya, mi más grande admiración y felicitaciones.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here