Heridas de Guerra, Micro textos

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MEJOR VIVIR CUENTOS

Por Herman Johnson Armijo. Escritor y poeta penquista, destacado profesor de Filosofía, es catedrático de la Universidad de Concepción, casa de estudios donde dicta cursos ligados al ámbito de la Psicología. Su prosa tiene el don propia de ese Decir que, al decir de Frankl, colinda con lo terapéutico; la visualización de imágenes alegóricas del mundo interior, permiten que el lector se adentre en un espacio de humanidad donde los temores y las fantasía tienen libre curso para elucubrar y liberarse de un modo que sólo la buena literatura puede lograr.

Añoro mis 31

Añoro mis 31, ahora que tengo 40, ahora que soy un poco menos tradicionalista, y menos estúpida -espero, no? De hecho, estoy haciendo una detención para ver con algo de objetividad -masculina, según mi psicólogo- lo que han sido estos últimos años, plenos de soledad, compañías inestables y dos o tres fracasos. Es una buena oportunidad para cerrar unas puertas y abrir ciertas ventanas. No sé si vaya a mejorar algo, pero quiero sentirme más dueña de lo que hago y haré, más plena y contenta. Eso, al menos, sólo depende de mí. Como dije añoro mis 31, pero no todo de esos locos años, pues aún no me atrevía a reconocer que necesitaba más sexo y menos amor, más compañía masculina inteligente, que me ayudase a obtener éxito y me diese ese empuje que les envidio, esa torpe ambición, esa necia manía de dominar todo (o tratar, o soñar con hacerlo). Yo me limitaba a esperar, obviamente al príncipe azul, aunque lo negaba desde lo profundo de mi ser, pues pensaba que en verdad me había liberado de la necesidad de tener orgasmos ‘porque sí, porque es rico, porque me tinca y me place’. Eso era cosa de animales y de hombres -que es lo mismo, no? Y me llenaba la boca con un jajajá supuestamente honesto, pero mi cuerpo seguía llenándose de carencias, y poco a poco empezaba a gemir. Tuve un montón de éxitos, en la pega y en todo lo que fuese comprar y vender mi imagen. Me sentía mina a decir basta. Rechacé porque quise nomás lo que quizás fue amor del bueno. Sentí que me debilitaría, que perdería el control y terminaría cediendo demasiados espacios, que tanto me había costado obtener. Por las mismas razones suspendí la maternidad hasta nuevo aviso. Ahora estoy al borde final de esa posibilidad y no sé si tengo el valor para criar un hijo sin padre.

cuentos interior

 

Psicópata

Me tomo la libertad y juego con ella hasta la madrugada. Fui y vencí mis temores. Usé toda su ropa a ver qué tenía de distinto, de terrible o mágico. No pasó nada, nada especial. Me sentí diferente, claro; pero yo buscaba otra cosa, algo como una revelación, algo como un pequeño estallido justo en mi cerebro. Nada. Me miré en el espejo del baño, de cuerpo entero, pero aún así seguí siendo el mismo. Ella tampoco colaboró mucho. Simplemente cayó de espaldas sobre la alfombra azul. Se quedó allí como observándome desde la superficie felpuda. Incluso esa mano que no pudo sacar de detrás de su espalda me pareció sospechosa cuando la vi desde el reflejo del baño. Sí, de pronto busqué su imagen a través del espejo y lo que mejor percibí fue su leve tensión hacia arriba y luego la causa: el codo le había quedado bajo la cadera. No me importó tanto, pero de hecho yo quería algo más, no sólo una estúpida torsión accidental, que yo no provoqué. Ese mal gusto suyo me trastocó el ánimo y ya no quise seguir con mi plan. Verme con su ropa no consiguió más el efecto anterior. Supe que debía hacer algo distinto si quería retomar el placer. Saqué mi cuerpo del reflejo y lo dirigí al cuarto donde ella permanecía silenciosa y tendida. La tomé de los hombros y la acomodé semisentada con la espalda apoyada en el costado de la cama. Siempre mantuvo el rostro inclinado, pero eso no me molestó. Tampoco que sus piernas estuvieran descuidadamente separadas. De todos modos parecía cómoda. Ya no tenía el brazo atrapado y yo sentí que eso era bueno. No me importaba lo que pensase de mí, y sabía que podía estar en desacuerdo con mis actos, pero yo necesité, de esa extraña forma, proporcionarle una posición de observación más cómoda. Terminada la tarea, volví al baño y al hermoso espejo de cuerpo entero. Me puse otro vestido, pero esta vez sin su ropa interior, porque pensé en una pequeña innovación más sexy, fuera de lo común en mí. Sé que me miraba, pero no alcancé a captar su fuego por mí. Me pareció que ella estaba algo ida. Quizá yo me había excedido y a estas horas fuese mejor detenerse y descansar un poco.

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