La Política y el Mal

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Por Gastón Anríquez Novoa
Abogado, Magíster y Doctor en Filosofía mención en Moral y Filosofía Política.

“Convendría dejar claro que la tiranía es la peor de todas las depravaciones y la menos digna del nombre constitución. Por esto la hemos reservado para el final.” (Aristóteles).

Este texto se basa en la obra de Paul Ricoeur “La Paradoja Política” publicado originariamente en la Revista Esprit en 1957. Escrito por Ricoeur luego del acontecimiento de Budapest que unido a otros acontecimientos -entre ellos, la revolución de Octubre de Varsovia-, le lleva a una reflexión sobre el poder político, la que le revela, con sorpresa, la continuidad de la problemática del poder a través de las revoluciones económico sociales. La sorpresa es que el poder no sorprende, que el poder no tiene historia, se repite, se estanca su problemática, desarrolla la misma paradoja, la de un doble progreso: en racionalidad y en posibilidades de perversión.

El poder político constituye un ámbito autónomo de las relaciones humanas. Tiene una esencia, con una racionalidad que le es propia. Esta esencia dice relación con lo que se llama el ser político del hombre, el zoon politicon (el animal político).

Esa esencia del poder político conduce a una racionalidad que es parte de la justicia. Una parte que se refiere a la distribución de la decisión y el poder político, por los que se constituye un Estado.

El poder político conlleva un potencial del mayor mal, así como un potencial del mayor bien al constituir la racionalidad del Estado la existencia política de la persona.

El mal del poder político se puede dar cuando está al servicio de una economía socialista o capitalista. Ambas ofrecen posibilidades de tiranía y por ello exigen controles democráticos.

La autonomía de la problemática del poder no es aceptada por todo pensamiento económico social. Ello es grave dado que no hay conciencia real de que existe un nivel de discusión racional, querer y poder sobre este campo de importancia esencial para el respeto a lo humano que es independiente de los proyectos económicos y sociales.

Lo político entonces, no se deja reducir a las tensiones económico sociales de la sociedad, sino que realiza una relación humana propia. El Estado en cuanto Estado expresa el querer de la nación en su conjunto y es esto lo que lo define desarrollando por ello un tipo de racionalidad específica.

Por otra parte, la política realiza males específicos, males políticos, males del poder político propios. Es así como, aunque la alienación económica pudiera desaparecer el mal político podría persistir.

Siendo la realidad humana política este ámbito es parte esencial del desafío de la razón si quiere ser razón de lo real. El individuo deviene humano como parte de la organización política, deviene ciudadano como partícipe del poder público con virtudes propias de este ámbito como obediencia y gobierno distintas de servilidad y despotismo.

El sentido orientador de la razón en el ámbito del poder político está unido al sentido del pensar sobre la persona y su fin, la vida buena, la felicidad. Es así como el pensar político busca un fin de lo político, un bien al que aspira lo político: el mayor bien posible que se nombra Estado a través del cual la humanidad persigue un bien que no se podría alcanzar de otro modo, que es parte esencial de la razón y de la felicidad, una naturaleza de la “polis”.

Resulta así que la humanidad adviene al hombre por medio del cuerpo político. Sin ello se estaría muy por debajo de la humanidad. No hay oposición entre Estado y ciudadano sino que estamos en presencia de un umbral de humanidad. El ciudadano se define por su participación en el poder público. Esta participación tiene virtudes propias.

Esta es la concepción del mundo antiguo de lo político descrita por Aristóteles. A ella debemos estarnos si queremos hablar sobre el mal político.

Así, lo que debemos rescatar es la especificidad de lo político como opuesto al nexo económico entre los hombres. Esto significa que el mal político conserva esta especificidad y autonomía respecto de lo económico.

La gran idea de Rousseau en el Contrato Social es que lo político se origina en un acto virtual, de un consentimiento que aflora en la reflexión. Un pacto de cada uno con todos constituye al pueblo como pueblo al constituirlo en Estado:

“Encontrar una forma de asociación que defienda y proteja a la persona y los bienes de cada asociado con toda la fuerza común y por la cual cada uno uniéndose a todos no obedezca más que a sí mismo y permanezca tan libre como antes.”

Es el paso a la existencia civil por medio de la ley aceptada por todos.

La idealidad es la de la igualdad de cada uno ante todos: “porque cada uno ofreciéndose totalmente, la condición es igual para todos y ésta siendo igual para todos ninguno tiene interés en hacerla onerosa a los otros. La igualdad ante la ley es la verdad de lo político. Ella es la que construye la realidad del Estado.”

Allí donde Aristóteles dice naturaleza, fin, Rousseau dice pacto, voluntad general.

Hegel no dice algo distinto. Ve en el Estado, no particularmente tal o cual Estado histórico sino una realidad que eclosiona a través de los Estados empíricos que permite acceder al Estado moderno con una constitución, órganos diferenciados, una administración y al derecho internacional. El Estado en esta concepción es aquello que aparece como aquello que las voluntades desean para realizar su libertad: una organización razonable, universal de la libertad.

Cuando Marx criticaba el Estado burgués estaba emplazando esta tradición política occidental cuyos hitos acabamos de repasar.

El Estado es razonable en intención, pero es también voluntad, decisión. Lo político es también la política como decisiones de alcance histórico que involucran análisis probable de situaciones, apuesta de futuro.

A su vez la decisión política involucra poder.

Pasamos así del advenimiento a los acontecimientos, de la soberanía al soberano, del Estado al gobierno, de la razón histórica al poder.

El Estado desde el punto de vista de la política es la instancia que tiene el monopolio de la coacción física legítima.

Será política toda actividad que tenga por objeto el ejercicio del poder y, por lo tanto, también, la conquista y conservación del mismo; progresivamente será política, toda actividad que tenga por objetivo o efecto influenciar el reparto de poder. Ella es la que plantea el problema del mal político por su referencia al poder.

El poder está sujeto al mal, así como es un instrumento de bien. Es quizás la mayor ocasión de mal y así ha ocurrido a veces en la historia. Este mal ha sido reconocido por los profetas de Israel, el Sócrates del Gorgias, el Príncipe de Maquiavelo, la Cíitica de la Filosofía del Derecho de Hegel por Marx, El Estado y la Revolución de Lenin y el Informe Krushov.

Es la existencia política del hombre la que da al pecado su dimensión histórica y su potencia devastadora. La muerte de Jesús y Sócrates pasan por un acto político, por un proceso político. La instancia política del poder político romano irguió la cruz.

Orgullo de la potencia, mal de tener y poder es el mal político.

El tirano, reverso del filósofo, es posible por una falsificación de la palabra, por una falsificación de la filosofía y de la política. Una palabra que arranca la persuasión por otros medios que la verdad: la no verdad como mal político arruina la palabra y el pensamiento y así al hombre en su origen.

Maquiavelo ha permitido plantear el problema de la violencia calculada y limitada, regulada por el proyecto mismo de instaurar un Estado durable. Todas las naciones suponen esta violencia que ha ocurrido históricamente y que es reabsorbida por la nueva legitimidad que ha engendrado conservando lo contingente e histórico que su nacimiento violento le comunica.

Marx y Lenin describían un mal específico de la política: la conciencia engañosa de que el Estado sea en realidad representativo de la libertad de las personas, la ilusión de la racionalidad del Estado. La soberanía no sería producto del pueblo en su realidad concreta y está obligada a darse un soberano empírico que traiciona la soberanía. Dada la necesidad de descomponer la idealidad de la soberanía y la realidad del poder, la soberanía y el soberano, la constitución y el gobierno, incluso la policía, puede darse el mal político.

Pero Marx atribuye el mal político a la dominación de clase en la esfera económica errando en darse cuenta de que es un mal propio de la política en su esfera propia de justicia.

En realidad, el Estado conserva su pretensión de racionalidad propia irreductible a la dominación económica de clase como conserva un potencial de mal en desviarse de esta racionalidad.

El marxismo es atentatorio a los valores de la persona en el sentido de no reconocer el mal político. De allí que genere violencia de acción y reacción. En realidad, el marxismo debiera interpretarse como equivocado en su análisis político y rescatar su anhelo de justicia como lo indeconstructible.

Es al interior del Estado de derecho, democrático y republicano que debe tener lugar la discusión sobre las distintas esferas de justicia entre ellas la económica, por ejemplo, qué áreas se dejan al mercado y cómo, qué áreas al Estado y cómo, la igualdad de oportunidades.

La defensa de la racionalidad de lo político y por ello contra el mal y la tiranía está en los valores democráticos que son los valores de la persona y el control del poder político por el pueblo. Se trata de que el Estado sea y no lo sea demasiado, y que lo sea democráticamente. Esto es lo que debiera garantizar una constitución política.

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