La Psicología y unos de sus tránsitos por el espacio común

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Fotografía: José Luis González

Por Equipo mejorvivir

¿A qué estamos haciendo referencia cuando decimos “Psicología”? Más allá de la historia de esta disciplina y de sus diferentes definiciones ligadas a distintas escuelas o teorías del pensamiento, la Psicología es un concepto que nos evoca algo particular a cada uno, y de este modo, nos pertenece a todos. Desde el momento que cualquiera de nosotros, puede decir algo respecto a la Psicología, desde el momento en que cualquiera puede asociar a ella una sensación de agrado, malestar o indiferencia, es que algo se echó a rodar desde el concepto, algo que se recoge en las calles, en la opinión pública, en el discurso del ciudadano común, y que por tanto, es una forma en que la Psicología se ha puesto a andar. Y las sensaciones a ella asociada hablan de cómo se ha venido comportando esta faena específica del saber y hacer humanos.

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Si bien es cierto que la etimología aporta un quid basal, Psiquis (alma) y Logos (traducido generalmente como estudio) no dan cuenta de lo que cada acepción impacta en la subjetividad personal, social y cultural que, en definitiva, le dan a este concepto su lugar y sentido.

Ante la pregunta, ¿a qué asocias la palabra psicología?, las más de las respuestas transitarán por: alma, funciones cognitivas, afectos, análisis de sí mismo, etc. Si atendemos sin embargo, a la sensación que nos despierta la palabra Psicología, el espectro de respuestas se amplía, pero también se acota dentro de una cierta tendencia que, si bien, no cierra el espectro de las sensaciones posibles, sí nos da cuenta del escenario sobre el cual solemos movernos para relacionarnos con la Psicología, y, también, cuál está siendo el molde social desde el cual la Psicología hace y limita su aporte de humanidad.

En esta dimensión, la de las sensaciones, no es extraño encontrase con respuestas que asocian Psicología al ejercicio de la Psicología, y así, al rol del psicólogo. Desde ahí, queremos atender a ciertas sensaciones que nos son llamativas respecto de lo que se “siente” que es la Psicología, pues ello nos puede abrir un horizonte reflexivo que bien nos haga responsibilizarnos a los mismos psicólogos, en relación a un quehacer que pregona cernanía y comprensión, y que sin embargo, goza también de un status que muchas veces genera desconfianza y distancia en las personas.

Más de alguno de los que lee este artículo habrá escuchado expresiones como: “ah, psicólogo, ¿me estará analizando?” (asociando aquí, análisis a enjuiciamiento, o a algo que, del modo que sea, genera amenaza), o, “yo no creo en los psicólogos; creen que se las saben todas” (saber-poder: invalidación del otro). Mirado a primera impresión, estas expresiones reflejan desconfianza, y una postura crítica respecto del rol de ayudador del psicólogo; la psicología sería entonces un saber dentro del cual, sus representantes se mueven a anchas de una capacidad de inspeccionar, lo cual, por sí mismo, no tendría por qué generar amenaza o desconfianza; sin embargo, la genera. De trasfondo a esta crítica, se da por asumido el que la Psicología no tiene derecho a entrar en otra alma de cualquier modo.

Es cierto que estas sensaciones no son las únicas que surgen al preguntar a alguien: ¿Qué es la psicología? Existen reportes de la Psicología como una experiencia de efectivo vivenciar confianza, pero ello no desmiente las demás sensaciones; confinar las posturas de desconfianza a un plano de invalidación por dar cuenta de una actitud de la cual es meramente responsable su pregonador, no es suficiente a la hora de analizar con qué tiene que ver tal sentir. Bien puede ser que quienes expresan desconfianza estén siendo testigos alertas de una realidad, de una mala práctica profesional, de un vivenciar a la psicología como un dominio del saber que suele ajenizarse de lo social contentándose con un criptado medio intraclínico que, si bien puede ser maravilloso campo para la sanación, no se pronuncia o no asiste a inspeccionar la desconfianza o la sensación de amenaza como una demanda que habla de “algo que está pasando” con el hermoso oficio de sanar almas.

Todo lo anterior, en un contexto de divulgación del saber de la Psicología, que no se hace siempre cargo de aquello que da a conocer de sí mismo. En un medio, donde corremos acelerados a la cita con las respuestas que donen sentido a la vida, nos hemos transformados en asiduos lectores de frases cortas y «sabias»; transitamos por un Facebook que hasta hace cuatro años podía ser tribuna para que se leyeran largos pensamientos o reflexiones personales; hoy se da “me gusta” a frases brillantes o no, que no excedan las dos o tres líneas, pues la ansiedad por lo inmediato ha desplazado nuestro afán de encuentro por un afán de apropiación pronta y egótica. Así, lo enumerable goza de la lectura rápida; listas con síntomas por ejemplo, para que “usted sepa si tiene depresión”, van abriendo vetas de inspección intrapsíquica que cada vez más, piden “tips” con los cuales asirse o aguerrirse para una vida exitosa. Todo ello, con la utilidad que signifique promover capacidad de apropiación de tales “tips” (sin garantía de ello, por supuesto); pero dejando de lado una interlocución fundamental: ¿qué nos pasa que demandamos tips, qué tipo de sociedad somos, qué tipo de ser humano estamos promoviendo?. Si bien se responde a una demanda, se la está creando a la vez. Sin desmentir la utilidad que reporten, el ser humano es algo más que un listado de síntomas, algo más célebre que una buena cuota de tips para sortear con éxito la vida.

El éxito, el control de síntomas (con la bondad innegable que ello significa, sobretodo cuando son abordados clínicamente de modo serio y profesional), ¿de qué nos hablan? ¿qué generan en nosotros? ¿quiénes somos con ello? Si lloras sensiblemente contando tu pena, probablemente estás depresivo, y no me siento habilitado para escuchar tu pena, pues la “depre” es tribuna absoluta de los psicólogos; si, en una discusión de pareja, la mujer se pone “histérica”, hasta ahí llega la posibilidad de diálogo y acercamiento.

¿Es que, socialmente, en el espacio común donde transitamos por medio del lenguaje, nos humaniza el llamar a alguien “depresivo”, nos mejora el imputarnos “histeria” u “ostracismno” (acusación común femenina hacia el hombre)? ¿Qué decir de las expresiones “bipolar” tan en boga hoy en día, para aludir a cualquier cambio de ánimo que pudiera sernos incomprensible y que, de este modo, nos autoriza a instalar distancia? De algún modo, todos estos conceptos han llegado al ciudadano común de un modo que lo empodera para aislar, justificar la falta de comprensión, y sobretodo, sentirse en el lugar de la “cordura” (¿lugar que está llamado a sentenciar y discriminar?).

Irrisoria paradoja de términos propios de la Psicología circulando por las veredas de la vida cotidiana; irrisoria por cuanto es la misma Psicología la que llama a la comprensión, al vínculo seguro, al afecto sano.

Bien puede apelarse a que nos es responsabilidad de los psicólogos tal paradoja. Pero si es así, ¿qué rol nos cabe a los psicólogos como humanizadores? ¿Seguirá teniendo vigencia aquel mandato ético de cautelar el interés primigenio de estar al servicio de las personas antes que de los propios saberes? ¿qué ha pasado en este camino del alma a la calle?

¿Será que el reclamo tras la sensación de desconfianza es una apelación a lo que intuitivamente, el ciudadano común sabe que debe ser la Psicología? Después de todo, la historia de la Psicología remonta en el tiempo, pero de ningún modo hubiese sido posible como disciplina sino porque los humanos somos seres psicológicos, y antes, mucho antes que la disciplina entronara su puesto, ahí estaban las dolencias humanas sin nombre y titulación, desprovistas de una mano experta que las acogiera, pero abiertas a la vez al encuentro inevitable con el otro que convivía de modo atormentado o asertivo con ellas, pero que nada hacía sino desde esa virtud primigenia llamada humanidad sin la cual cualquier técnica por lo humano pierde lo esencial de su acometido.

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