Psicología de un Estallido

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Fotografía por Elias Arias en Unsplash
Por Fernando Guzmán Miranda
Psicólogo Clínico
Especialista en Educación y en Adicciones

 

Los seres humanos somos también sistemas de energía, y por supuesto, obedecemos a las leyes de la física. Así como las nubes se saturan de humedad y generan interacciones eléctricas que se transforman en lluvias o huracanes, así como las placas tectónicas se cargan hasta generar un sismo; del mismo modo obedecemos a las leyes naturales, esta vez, a través de nuestro sistema nervioso, sumando variables psicológicas y neuroquímicas. Finalmente, la expresión social es el resultado de frustraciones, enojo y descontento. Es lo que hemos presenciado en estos días.
No obstante, es inevitable analizar el contexto de una sociedad cautiva de un modelo de crecimiento económico ultra liberal y ultra capitalista, entendiendo que el desarrollo es un fenómeno más integral y complejo.
Y en este sentido, resulta de gran interés relacionar y conectar la incidencia de este modelo en la salud mental de la población. Sabido es que poseemos como país, altos índices de depresión y otros trastornos. Que la ideología imperante es la de que las cosas nos hacen felices, por lo tanto, ya tantas veces dicho: soy mejor en la medida que más tengo. O es el consumo y la naturaleza del mismo la que determinará mi nivel de importancia en la sociedad, y por lo tanto, mi felicidad, así como los reconocimientos a recibir.
Es en este esfuerzo de análisis y comprensión que no puede pasar desapercibido el hecho de que la educación y la cultura, descansan en mucho mayor medida, en los medios de comunicación, diarios, canales de TV, que en la educación formal propiamente tal. Esto determina que los valores y contenidos obedecen a quienes manejan dichos medios, así como los intereses que representan. De modo que las personas dejamos de ser tales para ser fundamentalmente consumidores. Es por eso que muchos con los que realizamos alguna transacción comercial tendrán tanto interés en nuestro RUT.
Somos un bien transable, somos una parcela de crecimiento y endeudamiento para el bien de quien logra utilizar dicho espacio en su propio beneficio.
También merece un importante cuestionamiento cómo las normas y leyes de este país, así como la Constitución son espurias. Estas ameritan cambiar y modernizarse. En la actualidad cuesta entender cómo una persona está encarcelada varios años por vender algo en la calle, o fumar marihuana. Sin embargo, las gigantescas colusiones de las farmacias, alimentos, robos de militares de alto rango, de carabineros, quedan impunes, y apenas ocupan los titulares de los matinales o de los diarios. A lo más nos enteramos de una multa irrisoria o de una detención domiciliaria. Qué decir de un juez que dictó como pena, un curso de ética, para un delincuente de cuello y corbata.
La familia, que tradicionalmente se ha descrito como una importante célula del tejido social, se ve sobrepasada o agotada, fundamentalmente en sus estratos más vulnerables. Es decir, su gasto de energía se agota en alta medida en conseguir los medios para proveer las necesidades materiales del grupo, quedando poca energía para la contención, educación y apoyo de sus miembros.
El modelo económico y social se centra en la competencia y en la rivalidad más que en la asociación y cooperación. Esto naturalmente como una consecuencia inevitable de los paradigmas dominantes. De modo que a menudo, los otros son vistos como una amenaza para la consecución de los propios logros. Obviamente esto consolida la sensación de soledad y aislamiento.
Un lamentable ejemplo de dicha disfuncionalidad lo vemos en el país más poderoso del mundo, y en su modelo exportable. Desafortunadamente, la sociedad norteamericana más allá de sus logros y aciertos, aparece como nuestro modelo nacional a seguir. También en sus defectos y segmentación, en la creación de guetos y alienados que, sumidos en la desesperación y el enojo, protagonizan su propia tormenta. Esta alcanza su máxima expresión, cuando uno de esos atormentados y alienados dispara contra inmigrantes, homosexuales, adolescentes etc. Alcanzando su punto de ebullición en un gran tiroteo contra inocentes transeúntes.
Este “modelo” de sociedad incuba por lo tanto este prototipo de alienación. En nuestro caso, nuestros propios alienados o separados del núcleo “normal” serían los marginados del consumo, los que no logran encontrar una identidad satisfactoria de sí mismos. Los que han sido frustrados una y otra vez por los cantos de sirena de la publicidad; desde no conseguir la satisfacción de las necesidades básicas, hasta ver frustradas las expectativas de una vida mejor por el demagogo de turno.
Por lo tanto, de la frustración a la ira hay sólo un paso, y esa ira acumulada es también incrementada por el exhibicionismo de quienes sí están adentro, no afuera de este ideal de “felicidad.” Los encargados de mostrarlo son también los interesados en incrementar el consumo a través de una creativa publicidad. Todo esto a sabiendas de que las cosas son más atractivas cuando están en la vitrina; una vez que salieron de allí y les encontramos un lugar en nuestra casa dejaron de serlo.
Yendo más allá en el proceso de la frustración, envidia, soledad, enojo, habría que agregar la humillación y el destrato consiguiente del que sufre cotidianamente el funcionar desde la marginalidad. Esto naturalmente se ve incrementado cuando la persona tiene rasgos nativos especialmente marcados. Alguien se imagina que cuando una persona busca trabajo y tiene que decir que no estudió en un colegio de élite, que vive en un lugar muy pobre ¿Podrá esperar una buena renta? ¿O tan sólo ser aceptado en dicho trabajo?
Quienes han perdido mucho y durante mucho tiempo, en situaciones de descarga de ira tienden a conectar una parte del cerebro emocional que simplificadamente diré que es como una computadora antigua y pequeña. Que es muy rápida, pero tiene sólo dos programas: defensa y ataque. En esos momentos se desconectan los centros de la corteza prefrontal que suelen ejercer el control y el liderazgo. Todo el proceso es activado por una especie de tobogán conductual que es activado por químicos cerebrales que recompensan la descarga. Es decir, también en lo inmediato, estarían encontrando satisfacción en la conducta de ataque.
En una investigación de 75 años, el Dr. en psiquiatría de la Universidad de Harvard Robert Warlinger, afirma que los resultados de dicho estudio señalan que las personas más saludables y felices son aquellas que han podido enfocarse en mantener relaciones emocionales más profundas y estables, ya sean éstas en la pareja, familia o amigos. Todo esto construyendo cada día dichas relaciones, para ser duraderas y que permitan superar las crisis que son parte de la vida. Dicho estudio también señala que no son necesariamente la fama o el dinero las que generan una vida más feliz, sino todas las características conducentes a mantener dichas relaciones. Construir una vida así implica paciencia, tolerancia, inteligencia y sobreponerse a los eventos negativos de nuestra vida.
Todo esto puede ser logrado sin duda en mucha mayor medida en un contexto de razonable satisfacción de necesidades y acceso a la educación y a la salud. De figuras parentales que tengan trabajos dignos y tiempo para entregar a sus parejas e hijos. En un ejercicio cotidiano de construirse en vínculos amorosos y solidarios ¿Alguna vez tendremos un país menos segmentado y más integrado? ¿Alguna vez más cooperativo y menos discriminativo? ¿Alguna vez líderes que sean modelos de austeridad más que de corrupción?
Que los días de defensa y ataque sirvan no sólo para pensar cómo reprimir más, sino cómo aprender de esta experiencia, estando todos dispuestos a dar más, especialmente los que más tienen. Sin colgarse del estado los pocos que poseen la mayor parte de la riqueza en Chile. Que la participación ciudadana vaya más allá del simple, estéril y solitario acto de votar cada algunos años. Que utilicemos nuestra energía para participar cada vez más, sin esperar a juntar tanta frustración. Pues la auto inmolación o el “no me importa nada” son los recursos de la impotencia y la desesperación, y también dejar toda la responsabilidad del cambio en los más jóvenes es cruel y egoísta. Pues éstos, los más jóvenes por el hecho de serlo, merecen tener el tiempo para vivir y no sesgar sus vidas con alguna bala cómplice aliada de los dueños de Chile.

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