Psicología del amor a los animales

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PSICOLOGÍA ANIMAL

Fotografía: José Luis González

Texto: Gisela Torres Hurtado

¿Sabes tú por qué los seres humanos amamos a los animales? Las teorías conocidas, suelen referirse a un principio «evolucionista», según el cual, los animales nos conectan con nuestra condición más remota, aquella donde las quizás mal llamadas «capacidades inferiores» nos brindan ese espacio siempre anhelado por el homo sapiens, de ser amado incondicionalmente.

De hecho, los estudios demuestran que quienes aman a los animales, desarrollan el instinto biofílico, aquel que nos permite vincularnos de modo afectuoso con todo lo viviente. Sin percibirlo de modo conciente, las personas que tienen mascotas o están en contacto continuo con animales, tienden a ser más fluídas en la interacción emocional. De algún modo, allí donde no existe razonamiento humano, tampoco existe posibilidad de enjuiciamiento y discriminación; por ello, quienes viven relaciones de cariño con los animales, gozan de un vínculo excento de resentimientos y condicionamientos. Se da pues, una suerte de entrenamiento también, en la habilidad de dejarse querer y entregar afecto sin temor.

Ñandú mejor vivir1

En la relación con una animal, por muy disímil que sea un animal de otro (como el perro y el gato por ejemplo), lo que prima es lo que, en lenguaje humano podríamos entender como respeto. Indiferente es el que los animales establezcan una relación así, porque está en su naturaleza; los humanos hablamos de respeto, los animales simplemente fluyen con el afecto sin mediar la conciencia de un valor. Pero, en definitiva, lo que se da en la práctica, es un tipo de relación muy particular, muy especial, y muy anhelada en general por las personas: una relación de afecto puro, sentido y querido sin condicionamientos.

Pensemos en el perro por ejemplo; él puede esperar semanas por ti, y se alegrará enormemente al volver a verte; en una relación entre humanos, la distancia no siempre consigue este efecto. El gato, por su parte, podrá entenderse como más independiente, pero no se desliga, él tiene la capacidad de convivir respetando los ritmos propios y los de su dueño; se conecta con esa necesidad que tenemos como personas de ser respetados en nuestros espacios personales. Así, cada animal nos evoca y permite vivenciar, dimensiones del amor que nos hace sentir amados libremente.

De este modo, amar a un animal es dejarse amar por él; es brindarse y potenciar un espacio real de vínculo afectivo que, sea por raigambre biológica o por aspiración sapiens sapiens, nos remite siempre a una misma tendencia y aspiración: la de ser amado tal cual uno es.

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